¿Cómo habría sido la vida de mi bisabuelo Antonio y de mis abuelos Antonio y José de no mediar la traición de los golpistas y patriotillas del 36? Para empezar, habría sido, sencillamente, una vida —como la de los miles de seres humanos cuyo destino no fue segado prematuramente en una celda oscura o frente a la tapia de un cementerio—.
Tras una labor de búsqueda de varios meses, he logrado reunir varios documentos sobre mi bisabuelo Antonio y un par de indicios acerca de mi abuelo Antonio. Por añadidura, un rastro documental me condujo también hasta mi abuelo José. Todo ello ha sido posible gracias a los archivos depositados en el centro documental de la memoria democrática de Salamanca . Se trata, en su inmensa mayoría, de expedientes militares que hoy actúan como un hilo conductor para recomponer lo que ocurrió en los albores aciagos de julio de 1936.
La historia más extensa es la de mi bisabuelo materno. De él ya escribí un primer artículo hace años, cuando comencé este peregrinaje en busca de mis ancestros; hoy podemos añadir un capítulo fundamental. Sabíamos cómo concluyó su periplo en 1938 —recluido en la prisión de Ferrol y condenado a muerte— y cómo, ya en 1939, su pena fue conmutada por la pérdida de su carrera como oficial de la Marina y treinta años de inhabilitación. Recordábamos los siete años que pasó en presidio hasta su liberación en 1946, y su posterior regreso a Almería, donde apuró sus últimos días ejerciendo el oficio de panadero.
Ahora sabemos también —gracias también a una página exhaustiva dedicada a la Guerra Civil en Cartagena— cómo transcurrieron aquellos meses cruciales entre julio de 1936 y 1937. En el verano del 36, Antonio Luque Ramírez era teniente de la Marina en Cartagena y residía en el barrio de Santa Lucía. Ejercía además como juez permanente (lo que hoy denominamos formalmente juez togado militar), un miembro del Cuerpo Jurídico Militar en servicio activo encargado de investigar los delitos cometidos en el ámbito estrictamente castrense o dentro de su demarcación. De esta labor perduran varios testimonios escritos que guardaba mi tía Amelia, su hija menor, y que ya rescaté en su día para aquel primer artículo.
El 18 de julio, como en tantos otros rincones del país, el golpe de Estado fue frenado por la reacción del pueblo, de los leales y de los miembros de los cuerpos de seguridad republicanos. En el corazón de la marina republicana, en Cartagena, el teniente coronel don Francisco Ariza intentó sumarse a la traición —un paso en falso que se pagaría con el fusilamiento en los días sucesivos—. Por el contrario, Diego Baeza Soto, jefe del Regimiento Naval de Cartagena y uno de los artífices de neutralizar la rebelión, correría una suerte no menos trágica: fue detenido cuando intentaba huir de España para salvar la vida y fusilado en julio de 1939.
“El 19 de julio duerme en el cuartel el capitán don Antonio Luque, porque se encontraba más seguro allí que en su propia casa de Santa Lucía.”
Sofocado el conato principal, se organizó una compañía para operar en Albacete, agrupando a los voluntarios junto a las brigadas de marinería de instrucción. El comandante Baeza señaló entonces que uno de los capitanes debía ser sustituido al manifestar desconfianza hacia sus propias tropas, encomendándole esa responsabilidad al capitán don Antonio Luque Ramírez.

Foto de la web de Rafael Pastorin
El día 22, el comandante Baeza ordenó que la compañía se trasladara al cuartel, al tiempo que comisionaba al capitán Carlos Bermúdez para presentarse ante el general Toribio y recibir instrucciones. Al llegar, el general ordenó que Baeza nombrara a otro capitán y decretó la detención de Bermúdez, quien, tras ser mandado a su domicilio, terminó por ser arrestado. En su lugar, se ratificó al capitán Antonio Luque Ramírez, liberándolo de sus funciones como juez permanente. Tan pronto como la compañía estuvo lista, fue derivada al Regimiento de Infantería número 34, bajo las órdenes del comandante de Infantería Balibrea, quien aportaba otra centuria con destino a Albacete.
Meses después, Balibrea combatirá en la cruenta batalla de Teruel y en la famosa ofensiva del Ebro —escenarios donde es muy probable que el propio Antonio fuese hecho prisionero—, para terminar exiliándose en Panamá, de donde ya nunca regresaría a España. Por la tarde, la compañía partió hacia su destino bajo el mando directo del capitán Luque Ramírez.
El 24 de julio, la 151ª Brigada de Infantería de Marina había sufrido un revés demoledor en Villanueva de la Cañada, contabilizando más de un millar de bajas. La artillería franquista desorganizó por completo el batallón del comandante de Infantería de Marina Francisco García Martín, infligiéndole más de 120 bajas sin apenas coste propio; esto propició su cese y su posterior envío a Cartagena, recayendo el mando del batallón en manos de Antonio Luque el 26 de julio.


El calendario de la guerra avanza: el 25 de agosto, el auxiliar de Infantería de Marina Fulgencio Martínez Zapata, ascendido a teniente, es destinado a El Carpio como secretario del capitán don Antonio Luque, regresando a Cartagena el 15 de septiembre. Pocos días antes, el 28 de agosto, las tropas de Infantería de Marina al mando de Antonio Luque, apostadas entre Montoro y El Carpio, relevan sus posiciones para pasar quince días en las trincheras del pueblo cordobés de Villafranca. El 14 de septiembre partirá una nueva expedición hacia El Carpio para relevar a su vez a los hombres del capitán Luque.
El hilo documental de un salto y nos conduce a abril de 1937, ahora en Valencia, donde vuelve a firmar como juez permanente. Es probable que cayera prisionero en la batalla de Teruel, a finales de aquel año. La siguiente noticia directa data ya de 1938, cuando transita desde la prisión de Pamplona hasta el penal de La Escollera en Ferrol. Allí se le conmutará la pena capital por la degradación militar por treinta años (con horizonte en 1968), aunque permanecerá encarcelado —al parecer en Burgos— hasta la clemencia relativa de 1946. Como la muerte lo sorprendió en 1954, aquel fue el cierre definitivo de su larga historia de sucesos, tal como apuntábamos al inicio.

Por lo que respecta a mi abuelo Antonio Luque del Águila, sabía que su juventud quedó truncada en el umbral de la madurez: tras concluir el bachillerato, con apenas dieciocho años, la vorágine de la guerra lo arrastró al frente. Fue soldado de Infantería de Marina y, con el tiempo, teniente ayudante del 6º Batallón del III Cuerpo de Ejército de la 70ª División, adscrito a la 95ª Brigada Mixta. Esta unidad, creada en el verano de 1937 sobre la sólida base de las fuerzas de Infantería de Marina de Cartagena bajo el mando del comandante Juan Luque Canís (y posteriormente de Vicente Alonso Fernández), combatió en frentes tan decisivos como la ya citada batalla de Teruel y la posterior ofensiva de Aragón en 1938.



El propio capitán Juan Luque Canís, al frente de la 95ª Brigada donde servía mi abuelo, hubo de enfrentarse a los engranajes implacables de un Consejo de Guerra. En los legajos de su causa puede leerse:
“No habiéndose terminado la depuración judicial de todos los individuos que colaboraron en la Marina Roja durante la pasada campaña, es materialmente imposible contestar con exactitud al contenido de esta pregunta sin riesgo de incurrir en comisiones [omisiones] u errores de trascendencia; por ello se limita el juez instructor a hacer relación de los oficiales que, habiendo prestado servicio a los marxistas, han sido condenados en Consejo de Guerra.”
Canís lograría sobrevivir, siendo condenado tras el 39 a seis meses de prisión.
Por desgracia, en aquellos años de mi juventud no tuve la curiosidad incansable que me habita hoy, y hoy ignoro los detalles exactos del periplo de mi abuelo. Por fortuna sobrevivió, pudo rehacer su camino y fundar una familia. Como ocurrió en el seno de tantas familias republicanas, el silencio se adueñó de estas historias, y hoy, cuando roza ya un siglo el eco de aquellos hechos, atar los cabos sueltos se asemeja a tejer en la penumbra.
Por último, de esos años oscuros, el eslabón del que poseo menos datos es mi abuelo paterno (José). Lo que sé es que la guerra lo sorprendió en Almería. Como atestiguan las crónicas de los excombatientes, en 1937 formaba parte del ejército de tierra republicano. En un documento conservado de ¡Adelante! —periódico republicano, órgano de expresión de los trabajadores editado en Almería durante la contienda—, se insta a mi abuelo a personarse en las dependencias de la Cruz Roja (situadas entonces en la calle 1 de Mayo, la actual y comercial Calle de las Tiendas) para recibir noticias de sus familiares (cuyo vínculo exacto sigo desconociendo) en aquel convulso mes de agosto de 1937.












Deja un comentario