En la era del trumpismo —o lo que es lo mismo: el bulo a espuertas, que «algo quedará»—, nos vienen a decir desde los sectores conservadores y ultras que, si no ganan, es porque se han activado mecanismos ocultos para que esto ocurra. Luego resulta que ganan una elección tras otra (cuatro autonómicas seguidas, por ejemplo) y no pasa nada… hasta las siguientes, claro.
Y es curioso, porque son los herederos ideológicos, sociales y económicos en España de quienes crearon la manipulación electoral descarada, a cara descubierta: el famoso pucherazo. Conviene recordar, para los desmemoriados o desinformados históricamente, que el pucherazo del siglo XIX en España era diferente al del resto del mundo (Spain is different). Mientras que en Inglaterra o EE. UU., a finales del siglo XIX y principios del XX, se sabía que se hacían trampas pero no se conocía de antemano al ganador, en España, tras múltiples piruetas, se sabía perfectamente quién gobernaría antes de abrir las urnas.
Vamos a hacer un recorrido desde el siglo XIX para hablar de la trampa y retratar a los especialistas en ella, que ahora son los que más lloran.
Los procesos electorales (en general, y de los limpios ya ni hablemos) tienen poca historia. Hago un inciso: descartemos las «elecciones» de la antigüedad grecorromana por muchas razones.
Podemos empezar a hablar del siglo XIX, pero, claro, con matices. Ni eran universales (las mujeres quedaban fuera) ni en un principio eran universales masculinas, ya que dependían de la renta (sufragio censitario). Así que, quitando algún proceso efímero en la Revolución Francesa, la primera mitad del siglo XIX en EE. UU. (descartando, por supuesto, a los afroamericanos) o en Grecia tras su independencia, tenemos que irnos a la década de 1870 para ver un sufragio universal masculino en países como España o Alemania. Para el universal completo habría que esperar varias décadas más.
En esa década, tras la caída de la Primera República en 1874, las élites conservadoras decidieron que, además de traer de vuelta a los Borbones, iban a evitarle a Alfonso XII y a sus descendientes los sobresaltos continuos que habían sufrido la corrupta Isabel II y su comisionista madre, María Cristina.
Cánovas, que hoy seguiría siendo de un partido conservador (y que me perdone Cánovas, porque intelectualmente los líderes de los partidos en España tienen un nivel parecido al de un huevo a una castaña), se curró una ingeniería electoral que duró medio siglo. Sin necesidad de leyes de nietos ni regularizaciones, se aprovechó, claro está, de la falta de mecanismos democráticos, culturales e informativos.
El sistema del bipartidismo o turnismo, que funcionó prácticamente a pleno rendimiento hasta 1931, se basó en un simulacro de elecciones. Aunque desde 1890 todos los hombres mayores de 25 años tenían teóricamente derecho a votar, en la práctica el resultado se decidía antes de que los ciudadanos pisaran el colegio electoral.

Las trampas en España, aunque variadas (siendo el pucherazo la más famosa y la que dio arraigo al término), no se hacían para ver qué pasaba; se ejecutaban sabiendo de antemano el ganador. En otros lugares, aun haciendo trampas, existía la incertidumbre de saber a quién le saldría mejor la jugada.
Y así discurrió la política durante medio siglo, impidiendo a los partidos obreros y republicanos tener la más mínima opción. Solo cuando el voto urbano fue creciendo —al estar las ciudades menos controladas por los caciques—, el PSOE obtuvo su primer diputado en 1910. Por su parte, los partidos republicanos se movieron en una horquilla de 20 a 30 diputados en la década de 1890 (año en el que Sagasta estableció el sufragio universal masculino) y entre 30 y 40 escaños entre los años 1910 y 1920.
Todo esto era poco significativo en un Congreso que solía superar los 400 diputados en total: el PSOE osciló entre 0 y 7 escaños, mientras que todo el arco de partidos republicanos juntos se movía habitualmente entre los 10 y los 40 diputados, dependiendo del año y de su nivel de división interna. No fue hasta la llegada de la Segunda República en 1931 cuando estas fuerzas pasaron de ser testimoniales a convertirse en la gran mayoría gubernamental del país.
El hecho de que el 12 de abril de 1931 los partidos republicanos y el socialista ganaran en casi todas las capitales de provincia fue el síntoma definitivo del final del sistema. Eso sí, como suele ser habitual, la pérdida del poder político (que no del económico) hizo que las elites se pusieran «firmes» para recuperarlo de la manera que fuese. Ya sabemos perfectamente lo que pasó en esa década para lograrlo.
Por lo tanto, la ingeniería electoral, el pucherazo y demás quejas que el conservadurismo extremo saca a relucir hoy en día con las regularizaciones de inmigrantes o la ley de nietos no son más que parte de su clásica estrategia para recuperar el poder usando la mentira, los bulos y el fango. Todo porque (por suerte) ahora no tienen a Tito Muso y a Adolf para ayudarles.
Además, cuando el gobierno de Rajoy concedió la nacionalidad española a los sefardíes originarios de España, no se armó tanto revuelo. ¿Qué ocurre entonces? ¿Será que los nietos de los exiliados por el franquismo no les van a votar? ¿Por qué será? ¿O que los inmigrantes que llevan años viviendo legalmente aquí tampoco les darán su voto? ¿Por qué será? Sin embargo, el voto exterior apenas llega al 10% y, curiosamente, el partido más votado en ese porcentaje es el PP, es más, ahí va el dato, la única vez que el voto exterior cambió un diputado fue del PSOE al PP. ¿Cuál es el problema real entonces? La respuesta está clara: volvamos al párrafo anterior.











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