En los últimos años se está volviendo a poner de «moda» que en manifestaciones y concentraciones de los —digamos— más patriotas aparezca la bandera de la Cruz de Borgoña, o aspa de Borgoña: una representación roja en forma de X (cruz de San Andrés) con bordes serrados sobre fondo blanco.

Es, además, un símbolo que ya genera debate en redes sobre si se trata de una cuestión de amor a la historia o si realmente cuenta con una resignificación. Porque puedo asegurar que quienes la portan, más allá de la cuestión histórica o estética, defienden fundamentalmente unas ideas que no son precisamente del siglo XVI, sino mucho más del XX (o una mezcla, que también)

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Por ello, me dispongo a analizarla primero en su contexto histórico original y, después, en su contexto histórico más reciente.

Esta bandera no es española de origen, pero se hace hispana en 1506 cuando sus creadores —la casa de Borgoña, allá por Bélgica y Francia— la traen de la mano del usurpador y aprovechado Felipe el Hermoso. San Andrés era el patrón de aquel territorio y la cruz figuraba entre sus símbolos regios.

Una vez que Felipe estiró la pata con la misma rapidez con la que se metía el dinero castellano en la cartera, su hijo Carlos —otro que trincaba de Castilla para financiar su oposición y sus compras de títulos, el famoso Carlos I de España y V de Alemania— la adoptó como emblema para sus ejércitos, en concreto para los Tercios españoles (inserte aquí su usuario favorito, tipo @Tercios1585, con foto de perfil de la época).

Con la expansión del Imperio español durante el siglo XVI, este emblema se convirtió realmente en la bandera de los Austrias y, por tanto, en la representación de un Estado que paseaba por los distintos reinos peninsulares y continentes bajo la apariencia de representar a España.

Y así continuó hasta el siglo XVIII, cuando la llegada de los Borbones franceses —que ya venían con su propio merchandising— la desplazó como el objeto más reconocible de la gloria patria allende los mares.

Pero no desapareció del todo. Con los Borbones, las banderas de los regimientos terrestres comenzaron a incorporar los escudos de armas de la nueva familia real, aunque el aspa roja de Borgoña se siguió empleando de forma secundaria o en los batallones de milicias y ultramar.

Cuando en 1785 Carlos III sacó a concurso una nueva bandera para España que se pudiera divisar con claridad en el mar y nació la actual rojigualda, la bandera de Borgoña perdió popularidad, aunque sin llegar a extinguirse.

Sin embargo, no tardó mucho tiempo en ser rescatada como símbolo principal por otra gente muy demócrata y dialogante. En el siglo XIX, durante las Guerras Carlistas, los partidarios de Carlos María Isidro de Borbón (el carlismo) adoptaron la Cruz de Borgoña como su emblema principal. Bajo esta bandera montaron tres guerras civiles en el siglo XIX (cómo les gusta el salseo entre «hermanos»). Un auténtico «Make España Great Again» decimonónico de libro.

Y en esas seguíamos, porque a finales del siglo XIX, cuando a los carlistas ya no les hacía caso ni su madre y comprobaron que aprovechar las instituciones en las que no creían era la única vía para no tener que dar un palo al agua —¿de qué me suena esto?—, la bandera quedó relegada a algo vintage y exclusivo (aunque la mayoría de los mandamases carlistas eran grandes terratenientes y tampoco necesitaban currar).

Pero claro, llegó la Segunda República en 1931 y los nostálgicos no tuvieron muchos problemas para unirse al golpe de Estado del 36. Como les iba la marcha y la nostalgia de los Tercios —ojalá hubiera sido de los de cerveza—, la bandera fue utilizada intensamente por los requetés (milicias carlistas) en el bando golpista durante la Guerra Civil española. Si a esta bandera le sumas el «¡Viva Cristo Rey!» mientras vas matando rojos, nos encontramos con que la Cruz de Borgoña se nos queda hasta moderna por esa analogía con las Cruzadas del siglo XI y el lema de «Dios lo quiere».

Y así llegamos a estos últimos años, en los que vuelve a verse en las calles acompañada por la bandera nacional y la bandera nacional del pollo. Ante esto, uno duda seriamente de que se trate de simples amantes de la historia, y más bien sospecha que son devotos de un pasado glorioso al que deberíamos regresar, recuperando todo lo que supuestamente «se hacía bien» en esos años y dejando de lado las modernas manías democráticas.

Vamos, pregúntale a un estadounidense con su bandera confederada si guarda o no el capirote del Ku Klux Klan en la buhardilla.

Dejémonos de rollos: esa bandera es y será un símbolo resignificado, muy alejado del siglo XVI y mucho más cercano al siglo XX de los carlistas, con claros tufos de extrema derecha. BASTA ya de excusas sobre su valor histórico; es lo que es, con una ideología prima hermana del franquismo. Así de claro. Y si en tus comentarios, José Ramón, destilas homofobia, racismo y machismo, no me vengas con cuentos de Felipe II.

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