Aunque haya gente disfuncional que todavía no lo entienda, el franquismo no fueron 40 años de paz. Quitando lo obvio de las dictaduras respecto a la falta de libertad y derechos —con sus nietos hoy reivindicando estos conceptos—, la dictadura fue miedo, silencio y estancamiento.
A estos señores todo lo que oliera a inteligencia, ciencia e intelectualidad les daba urticaria. Por ello, hubo varios colectivos en los que los golpistas centraron sus esfuerzos represivos, siendo el más numeroso el de las mujeres. Tampoco se libraron los intelectuales, más o menos conocidos, y dentro de este ámbito: maestros y maestras.
La represión contra el pensamiento libre y la cultura crítica dejó un vacío devastador en la llamada Edad de Plata de la cultura española. Las muertes se produjeron tanto por ejecuciones directas (en ambos bandos durante la guerra, aunque la gran mayoría de intelectuales liberales, de izquierdas o republicanos sufrieron la persecución sistemática del bando sublevado y del régimen posterior) como por las condiciones del exilio y la cárcel.
Uno de los primeros y quizás el más famoso —entre otras cosas por no haberse recuperado su cuerpo— fue Federico García Lorca, asesinado en agosto de 1936 «por maricón y rojo», sin más historia por muchas piruetas que se quieran dar sobre si era amigo de tal o cual gerifalte falangista; estos lo buscaron y lo fusilaron. A él se suman Blas Infante o Miguel Hernández (a quien, ya terminada la guerra, dejaron morir en la cárcel en 1942), como tres ejemplos muy conocidos. Por enlazar con lo comentado en otros capítulos sobre el caos inicial de la contienda en la zona republicana, Ramiro de Maeztu o Pedro Muñoz Seca fueron fusilados por milicianos de izquierdas en Madrid y Paracuellos.
Muchos de estos intelectuales se libraron porque no les quedó otra que marcharse, para muchos no volver jamás. La derrota republicana provocó el éxodo de lo más selecto de la ciencia, la literatura, el pensamiento y el arte español. Miles de universitarios, profesores, escritores y artistas se dispersaron por Europa y, sobre todo, por América Latina (siendo México el país que acogió de forma más generosa a los exiliados). Entre ellos destacaron:
Antonio Machado, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Pedro Salinas, Rosa Chacel, Jorge Guillén, María Zambrano, Francisco Ayala, Max Aub, Ramón J. Sender y Juan Ramón Jiménez.
Luis Buñuel (cineasta), Maruja Mallo (pintora surrealista) y Pau Casals (músico y compositor).
España se quedó intelectualmente aislada y sumida en las supercherías de la Iglesia católica.

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La enseñanza fue uno de los sectores más castigados por el franquismo. La República había apostado fuertemente por la educación laica, pública, moderna y coeducativa, algo que el nuevo régimen consideraba una amenaza directa a los valores tradicionales y religiosos de la patria.
A raíz de los decretos de depuración emitidos desde 1936 en adelante, se crearon las Comisiones Depuradoras (integradas por inspectores de enseñanza, sacerdotes, elementos falangistas y personas «adictas al Movimiento», esos que luego irían diciéndole a sus hijos y nietos que con Franco se vivía mejor). Los vecinos, el cura del pueblo o las autoridades locales podían emitir informes secretos y delaciones sobre la conducta de los docentes.
Se consideraba que los maestros y maestras eran antipatriotas y separatistas por utilizar lenguas cooficiales (como el catalán o el euskera) o mostrar simpatías por identidades regionales (¿nos suena?). Otras supuestas «faltas» incluían inculcar ideas extremistas o marxistas en las aulas, permitir la coeducación (niños y niñas juntos), retirar los crucifijos de las aulas, quemar catecismos, no asistir a los actos religiosos o mantener una conducta «amoral» o disoluta, según contaban los abuelos de la libertad actual.
Se calcula que alrededor de 60.000 maestros sufrieron procesos de depuración. Las sanciones variaron:
Fusilamiento o ejecución sumaria: Cientos de maestros considerados «rojos» o peligrosos fueron asesinados, a menudo en las primeras semanas de la guerra o tras consejos de guerra sumarísimos después de 1939 (se calculan alrededor de unos 3.000 asesinados y que durante la guerra se fusilaba casi a 10 maestros al día).
Separación definitiva del servicio y pérdida de empleo: La gran mayoría perdió su plaza de por vida, muchas de ellas ocupadas por la Iglesia para personas de su entorno.
Sanciones menores: Traslado forzoso a otras provincias (habitualmente alejadas y en peores condiciones), inhabilitación para cargos directivos o suspensión temporal de empleo y sueldo. Muchos tuvieron que subsistir en la miseria, dedicándose a la clandestinidad o a trabajos manuales alejados de la enseñanza.
Sin embargo, la peor parte de esto te tocaba si eras mujer (y que alguna persona defienda todavía a estos miserables, tiene tela).
Con la llegada de Franco se produjo una involución radical respecto a los derechos que la mujer había conseguido durante la Segunda República (voto, divorcio, acceso en igualdad a la universidad y a los puestos públicos).
El modelo oficial impuesto por la Sección Femenina de FET y de las JONS (liderada por Pilar Primo de Rivera) relegaba a la mujer exclusivamente al ámbito doméstico: ser buenas madres, sumisas esposas y pilares de la moral cristiana. Se prohibió el trabajo de las mujeres casadas en la administración pública, se les cerraron puertas profesionales y se institucionalizó la figura del «permiso marital» (necesitaban el consentimiento del marido o del padre para trabajar, abrir una cuenta bancaria o viajar).
Si eras una mujer que tenía asumido este papel desde antaño y tus familiares o marido se beneficiaban del apoyo al régimen y sus ideas, no había mayor problema. Lo malo venía para aquellas que no encajaban en este molde o que habían tenido vínculos con la política, el sindicalismo o la defensa de la República, quienes sufrieron una doble represión: por sus ideas políticas y por «romper los roles tradicionales de género».

Represión física y carcelaria: Miles de mujeres fueron encarceladas en condiciones infrahumanas (como en la madrileña cárcel de Ventas). A menudo compartían prisión con sus hijos pequeños, y muchas fueron fusiladas (como las célebres Trece Rosas, por mucho que los cachorros derechistas se empeñen en acusarlas de algo, aunque sea inventado).
El robo de hijos: Las madres presas republicanas sufrieron el arrebato de sus hijos recién nacidos o pequeños, quienes eran entregados a familias afines al régimen para borrar su rastro ideológico y familiar.
Rapados de cabeza y humillación pública: Durante la guerra y la posguerra inmediata, en los pueblos y ciudades tomadas por los nacionales, era común pasear a las mujeres tachadas de «rojas» o «impuras» tras raparles la cabeza, obligarlas a beber aceite de ricino y hacerles desfilar por las calles cargándose encima.
A algunas maestras o simpatizantes de izquierdas, además, las rapaban,les daban aceite de ricino para que se cagaran y las hacían desfilar, las violaban durante días y las lanzaban por un barranco (como a Camino Oscoz Urriza), o como a la niña de 14 años Maravillas Lamberto, cuyos restos —después de todo ello— fueron arrojados a los perros en un descampado (todo muy cristiano).
Marginación social y económica: Las viudas de republicanos, las mujeres de presos políticos o aquellas consideradas desafectas sufrieron un ostracismo económico severo, empujadas a la miseria, a la marginación o a la realización de trabajos informales y precarios para subsistir.
No se empezaron a escuchar cientos de relatos de ellas años después de la muerte del dictador para ahora tener que aguantar a los revisionistas de las bondades de aquellos años
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