Episodio II: La falacia de 1934

Episodio II: La falacia de 1934

«Toda explicación carecería de rigor sin un dato fundamental: sin el golpe de Estado no se habría producido ni la guerra ni la posterior dictadura. Las atrocidades cometidas, tanto durante como después del conflicto, no habrían tenido lugar; este es un hecho innegable para quien desee comprender la realidad. Por lo tanto, todo lo que aquí exponemos para aclarar la verdad tiene unos responsables directos: las élites económicas, como Juan March; las élites católicas, como el cardenal Isidro Gomá y Tomás; las élites políticas, como Gil Robles y Calvo Sotelo; y, por supuesto, el brazo ejecutor: los generales traidores a la patria como Mola, Goded, Queipo de Llano y Franco, entre otros. Tampoco podemos olvidar a dos actores decisivos que inclinaron la balanza: Hitler y Mussolini».

En esta segunda entrega, abordaremos otro de los argumentos más recurrentes de quienes pretenden blanquear el golpe de 1936: la teoría de que la Guerra Civil comenzó realmente en octubre de 1934, durante la Revolución de Octubre. Esta tesis, defendida por ciertos sectores e incluso por algún historiador afín a narrativas nostálgicas, constituye una pirueta intelectual destinada a ocultar una realidad innegable: quienes perpetraron el golpe en 1936 fueron traidores a la legalidad vigente.

El razonamiento de los revisionistas es simple: si la insurrección de 1934 fue provocada por las izquierdas (socialistas, anarquistas y comunistas), entonces el golpe de 1936 se presentaría como una suerte de «continuación necesaria» para «salvar España». Bajo esta lógica, los sublevados simplemente habrían retomado una tarea iniciada tras un paréntesis de dos años.


Sin embargo, los datos desmantelan esta manipulación. ¿Qué ocurrió realmente en octubre de 1934? Ante un gobierno legítimo de derechas —que había ganado las elecciones de 1933—, se produjeron insurrecciones en Asturias y Cataluña. Fue un levantamiento más, similar a otros que marcaron la Segunda República. Si aceptáramos el criterio de que cualquier insurrección es el inicio de una guerra civil, la historia de España en el siglo XIX sería un caos de conflictos permanentes, contando no solo las tres guerras carlistas, sino decenas de guerras que plagaron el reinado de Isabel II.

O me voy a un contexto global como afirmaba Murray Bookchin donde la mayoría de la población europea “participaría de manera activa en la guerra de clases como resultado de la explotación y del empobrecimiento ( Especialmente en el período entre 1917 y 1939)”

Además, la propia cronología invalida este argumento: una vez que el Gobierno, mediante las fuerzas de seguridad del Estado, reprimió las revueltas de 1934 —con el saldo de decenas de muertos y miles de encarcelamientos—, ese mismo gobierno continuó funcionando constitucionalmente durante casi dos años más.

Si el criterio para declarar el inicio de una guerra fuera la existencia de insurrecciones, ¿por qué no considerar como tales otros eventos? Podríamos citar la huelga revolucionaria de la CNT en el Alto Llobregat (enero de 1932), el golpe de Estado fallido del general Sanjurjo (agosto de 1932) o los trágicos sucesos de Casas Viejas (1933). Ninguno de estos hechos marcó el inicio de una guerra civil.

Por último, un dato definitivo: si octubre de 1934 fuera el origen del conflicto, ¿cómo explicar que, meses antes, el 31 de marzo de 1934, destacados líderes antirrepublicanos —como el general Emilio Barrera y los monárquicos Antonio Goicoechea y Rafael Olazábal— firmaran un pacto secreto en Roma con el dirigente fascista Italo Balbo? Buscaban fondos y apoyo logístico para una sublevación futura. La pregunta es obligada: ¿preveían ellos el inicio de una guerra en octubre, o eran precisamente ellos quienes estaban organizando el golpe mucho antes de cualquier otra insurrección?


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