Austero, estratega, incorruptible, Salvador, Espada del Islam (ups*), Centinela de Occidente… En fin.
Los que crecieron en los años 40 y 50 se creyeron el cuento del hombre austero y familiar, el padre de la patria que se privaba de todo mientras, gracias a su guerra y a su posguerra, 50.000 personas fueron pasadas por las armas y 200.000 murieron por inanición. Para los de los 60 y 70, en cambio, era el abuelo entrañable, un visionario; España se abría al mundo no gracias a él, sino a pesar de él, lo que ha creado hasta el día de hoy la falsa imagen de que fue él quien trajo la prosperidad al país.
Y todo esto, para sorpresa de nadie, es en el mejor de los casos matizable y, en el peor, mentira y propaganda pura.
En 1940, un militar, un general con un buen sueldo en los años 30, ya acumulaba en varias cuentas 34 millones de pesetas de la época, de los cuales 10 millones procedían de «donaciones». El ahorrador y austero Franco se había hecho millonario en plena guerra mientras miles de personas morían, enfermaban o perdían todo a manos de los simpatizantes del régimen. De esta manera se abrió un pasillo para que prosperaran miles de familias que jamás habrían visto un beneficio tras la guerra si no fuera por su colaboración y por delatar al vecino.
El incorruptible obtuvo siete millones de la venta de café al dictador de Brasil, unos fondos camuflados como «donativos procedentes de Brasil para obras benéficas y sociales» destinados supuestamente a paliar la hambruna de la posguerra (que, insisto, se cobró la vida de unos 200.000 españoles). Ese dinero fue a parar, en realidad, al corrupto de Franco y a su camarilla.
Ese es el resultado de esa moral cristiana tan curiosa que tienen estos cristianos de postal: predican la palabra de Cristo mientras se alían con genocidas de niños. Durante las cartillas de racionamiento y el control de precios de los años 40, el estraperlo beneficiaba al propio régimen. No hablábamos solo de personas de pequeña o mediana monta, sino de una gran trama de guante blanco: grandes magnates, jerarcas del régimen y redes empresariales que amasaron fortunas fabulosas controlando el mercado negro a escala industrial.
Los verdaderos «reyes» del estraperlo industrial eran gobernadores civiles, mandos militares, jefes policiales y altos cargos de Falange. Toda esa red de tráfico de influencias y favores permitía al ‘Salvador’ de la patria sacar tajada mientras se hacía el disimulado, tejiendo una red clientelar de cientos de estómagos agradecidos cuyos descendientes y allegados son los que hoy todavía les dicen a los suyos que «con Franco se vivía bien».
Claro, cómo no.
Baste recordar al mayor contrabandista de España, Juan March, cuya fortuna obtenida por la corrupción sirvió para financiar a los golpistas a través de suministros como la petrolera Texaco. March ha sido blanqueado durante el franquismo y hasta la actualidad por su fundación filantrópica y cultural: consagró parte de su dinero a la cultura y la beneficencia para limpiar su historial, ganarse el respeto del Estado y de la sociedad, y proyectar una imagen de mecenas respetable. Hoy puedes cambiar los apellidos por gente de perfil similar; seguro que sin decir ningún nombre te viene alguno a la cabeza.
Ciertas familias que usaron mano de obra esclava en el franquismo se forraron, ¿cómo no iban a vivir mejor con el Caudillo? Ahí tenemos a constructoras como Agromán y Huarte (hoy OHL), Dragados y Construcciones (hoy del grupo ACS de Florentino Pérez, otro Juan March de este siglo), San Román y Banús Hermanos… Menuda sorpresa con los pelotazos inmobiliarios de siempre.
A diferencia de lo ocurrido en Alemania tras la Segunda Guerra Mundial —donde grandes empresas como Volkswagen, Krupp o Siemens indemnizaron formalmente a los trabajadores esclavizados y crearon fundaciones de memoria—, en España ninguna de las grandes empresas privadas herederas de aquellas constructoras o corporaciones ha asumido una responsabilidad jurídica o económica directa ni ha pedido disculpas oficiales. Vaya sorpresa, ni que se hubieran tomado al pie de la letra la Transición.
Pero volvamos al personaje . A su sueldo de cerca de 700.000 pesetas al año como jefe del Estado (para hacernos una idea, para un trabajador medio de los años 50 acumular esa cantidad equivalía al sueldo íntegro de entre 40 y 60 años de trabajo) se sumaba el valor de todas sus medallas por acabar con los rojos, lo que le reportaba un extra de 133.000 pesetas más.
Cuando el abuelo de España murió, la fortuna familiar ascendía a 600 millones… ¿de pesetas? No, de euros, extraídos de todo su patrimonio (es decir, del nuestro). Carmen Polo, su mujer, declaró en 1968 que no llegaba a 30 millones de pesetas, para que los palmeros le aplaudieran a «la Collares». Los nietos de Franco se siguen «haciendo a sí mismos» hoy en día.
Como ya señalé en otro artículo (Que no te dé vergüenza ser un fascista): redes clientelares, tráfico de influencias, delitos contables, nepotismo y enchufes. Vamos, lo que viene siendo España desde vete a saber cuándo y que hoy sigue indignando (bueno, dependiendo de lo hooligan que seas de tu partido). La famosa sentencia: «Al amigo, el favor; al enemigo, la ley».
En 1959, veinte años después del final de la guerra y tras rozar la bancarrota absoluta, España empezó a «salir a flote» no por méritos propios de su modelo económico, sino porque se vio obligada a abandonar el aislamiento y el control estatal estricto para abrirse al bloque occidental (EE. UU.).

Los musulmanes —esos que tan poco gustan a los franquistas, pero que bien que los usó Franco— decían que el Caudillo tenía baraka, un mito personal vinculado directamente a Francisco Franco: una «bendición» divina, una especie de suerte providencial, gracia o protección mágica que supuestamente acompañaba a ciertos elegidos. Esta leyenda se forjó en sus años en Marruecos, mezclando valentía y fortuna al salir indemne de algunos ataques. Aunque no deja de ser otro mito fabricado por el régimen, tiene su gracia si lo trasladamos a los años 50. Y es que, tras la política de apaciguamiento de Inglaterra y Francia (que dejaron tirada a la República), llegó el apoyo decisivo de Alemania, Italia y Portugal, lo que desequilibró la balanza en la guerra.
A continuación la estrategia de aprovecharse de la victoria de Hitler tras 1939 cambió rápidamente en 1942 para ponerse de perfil; la baraka le llegó en 1945, cuando los Aliados debieron habérselo quitado de en medio, pero irrumpió la Guerra Fría y el sistema norteamericano pasó a necesitar dictadores y extrema derecha útil. Fue entonces cuando la suerte o baraka de Franco volvió a subirlo al pedestal.
En 1953 se firmaron los Pactos de Madrid entre España y Estados Unidos: a cambio de permitir la instalación de bases militares norteamericanas en suelo español, Washington inyectó ayuda económica. En 1955 España ingresó en la Organización de las Naciones Unidas (ONU), y en 1958 pasó a formar parte del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial.
Ese fue el milagro español, la gran gestión del «gran estratega»: plegarse a los intereses occidentales por el simple hecho de ser un dictador anticomunista en una España que nunca fue ni iba a ser soviética, por mucho que los fanáticos dijeran que hasta Federico García Lorca tenía un teléfono con línea directa con Moscú escondido dentro del piano de la Huerta de San Vicente.
*Espada del Islam durante años se ha pensado o confundido que era una denominación que los marroquís que tanto ayudaron a Franco y Marruecos donde Franco pasó sus «mejores» años le dieron. Pero parece que esa denominación se la dieron en Libia a Mussolini.
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¿FIN?












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