Esta es la única historia que puedo contar de un antepasado por parte paterna (tatarabuelo en este caso) al que no pudimos conocer. Gracias a la información que he podido recopilar, parte de ella gracias a ‘parientes lejanos’ que me han contactado durante este año, esta es probablemente la última entrada sobre mis antepasados que cierra un periodo de 3 años muy emocionantes descubriendo historias , la mía, la nuestra.
Algarinejo, montes occidentales de Granada, pegados a Córdoba, a mediados del siglo XIX, vivió un hombre que fue mucho más que un artesano. José, conocido cariñosamente por el apodo de Joseico «Vieja», nació en Algarinejo en 1854. Maestro de oficio y dueño de una zapatería, convirtió su taller en un espacio cultural del pueblo, un lugar donde las herramientas convivían con la poesía y la reflexión.
El Poeta del Taller y una eminencia en la zona
En su zapatería no solo se arreglaban calzados; allí se organizaban tertulias y charlas que daban vida a la comunidad. José poseía un ingenio natural para la rima, componiendo letras y poemas que retrataban con humor y agudeza la vida de sus vecinos.
Su obra más recordada es, sin duda, El Artesón. En este relato poético, José narraba las peripecias de unos vecinos que, en un alarde de imaginación y surrealismo, decidían convertir un artesón (una enorme bandeja de madera usada para pelar al cerdo en las matanzas) en una embarcación.
Con el firme propósito de llegar al mar, los protagonistas navegaban por las aguas del río Pesquera, el cauce más caudaloso de la zona, en una odisea cebollera – como son conocidos popularmente los algarinejenses- que no tiene más que hacernos esbozar una sonrisa.

Joseico era la encarnación del dinamismo. Tras su jornada en el taller, su rutina diaria lo llevaba por todos los rincones del pueblo:
Sus paseos por las Huertas, su visita puntual a la iglesia, las tertulias en el Casino y las charlas amenas sentado a la puerta de su casa.
Su espíritu inquieto lo llevó a construir un carrusel de cinco filas de caballitos, una obra tan vistosa que llegó a ser trasladada a la emblemática Plaza de Bib-Rambla en Granada, donde cosechó un éxito rotundo. Lamentablemente, la tragedia alcanzó a su creación: un cigarrillo mal apagado cerca del motor de gasolina provocó un incendio que consumió la atracción. De aquel carrusel solo se salvó la figura de un angelito, que según cuentan , aún se conserva en la iglesia de Algarinejo.
Hay una foto del carrusel en el pueblo de la que un día me gustaría captar en otra instantánea (y que ya me he puesto manos a la obra para intentar descubrirla)
La vida de José también estuvo marcada por su dedicación a la familia, compuesta por cinco hijos (dos varones y tres mujeres). Sin embargo, la desdicha no le fue ajena: la muerte prematura de su hija Virginia siendo niña dejó una huella profunda que marcaría la identidad en varias mujeres de su descendencia.
A los 60 años enviudó, y poco después sufrió la pérdida de su hija mayor, Trinidad. Ya octogenario, José se trasladó a Huétor Tájar para vivir sus últimos años con su hijo menor, José.
Su hijo Francisco (bisabuelo) continuó con la tradición de la zapatería, terminando en él ese oficio familiar, su hijo José marchó de Algarinejo para que nuestra línea familiar directa ya no esté allí presente.
El legado de Joseico «Vieja» no solo quedó en el cuero o en manteniendo viva la llama de un hombre que fue toda una institución en Algarinejo y que gracias a ello hemos podido contar esta historia












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