Épicas -pero no mucho-: Reyes Católicos

El quinto y, con casi total seguridad, último capítulo para desmontar la construcción de relatos épicos destinados a enaltecer a ciertos sectores ultrapatrióticos—una narrativa forjada entre finales del siglo XIX y la primera mitad del XX—corresponde a Isabel I de Castilla y, de manera indirecta, a Fernando II de Aragón, conocidos como los Reyes Católicos y, sin duda, muy católicos. Admirables monarcas, astutos estrategas y políticos, pero también el azote final del infiel e invasor andalusí.

Si bien gran parte de su historia tiene una base real, no está exenta de subterfugios y maniobras políticas que les permitieron alcanzar y consolidar su poder. Es importante poner todas las cartas sobre la mesa y dejar claro que aquello de honrados, nobles y ejemplares es, cuando menos, cuestionable.

Resulta paradójico lo difícil que ha sido destacar figuras femeninas en la historia de España y, a la vez, lo complicado que es mencionarlas sin ser acusado de «woke» o de seguir una supuesta agenda ideológica. Sin embargo, el caso de Isabel I está asentado, aunque no tanto por su condición de mujer, sino más bien por su papel como ferviente católica y cristiana.

Dicho esto, también es necesario exponer los aspectos menos gloriosos de su reinado, sin los cuales probablemente nunca habría sido reina ni su legado habría tenido la trascendencia que hoy conocemos.

Isabel era hermana de Enrique IV de Castilla. Cuando parte de la nobleza castellana se opuso a las políticas de su hermano, estos poderosos—golpistas por tradición—buscaron un nuevo candidato a quien pudiera manejar: el infante Alfonso, de apenas 11 años. Para ello, orquestaron la llamada «Farsa de Ávila», un montaje con el que pretendían destronar a Enrique IV y, de paso, deslegitimar a su hija y heredera, Juana «la Beltraneja». Sin embargo, la muerte prematura de Alfonso, tras años de guerra civil, dejó sin rumbo esta conspiración.

La causa oficial de su fallecimiento fue la peste, una enfermedad común en la época, aunque versiones recientes apuntan a un posible envenenamiento1. Lo cierto es que su muerte allanó el camino de Isabel hacia el trono castellano, pues su hermano Enrique IV ya había despojado a su hija Juana de sus derechos sucesorios. Algunos sostienen que el propio Enrique pudo haber estado detrás de la muerte de Alfonso, aunque la verdad permanece en el aire.

Para asegurarse el apoyo de la nobleza castellana, Isabel prometió no contraer matrimonio con el futuro rey de Aragón, pero terminó ignorando esta promesa. Incluso en el Pacto de los Toros de Guisando, firmado con su propio hermano, reiteró este compromiso con el único fin de afianzar su posición como heredera.

En 1469, Isabel contrajo matrimonio en secreto con Fernando de Aragón para evitar que este pacto fuera invalidado. Para legitimar la unión, falsificaron un documento papal que les otorgaba la dispensa necesaria por ser primos segundos, recurriendo incluso a la firma de un papa ya fallecido. Como resultado, ambos fueron excomulgados. Y si de pactos incumplidos hablamos, podríamos mencionar cómo se pasaron por alto los acuerdos de rendición con Boabdil en 1492, pero eso daría para otro análisis.

En resumen, los Reyes Católicos fueron golpistas, asesinos, mentirosos, falsificadores y, por supuesto, muy católicos. Quizás porque eran otros tiempos… aunque, bien mirado, hoy en día no sería tan diferente.

  1. Estudio publicado en 2013 por el profesor de Antropología Física de la Universidad de León Luis Caro Dobón y la historiadora y profesora de la UNED María Dolores Carmen Morales Muñiz ↩︎

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