Épicas -pero no mucho-: Santiago Matamoros

¿A quién no le va a gustar una iglesia románica del siglo XI? El arte en general, y el románico en particular, tienen un atractivo especial. Mis escapadas de estos últimos años a lugares como La Rioja, Burgos, Palencia o el norte de Aragón y Navarra son siempre un grato recuerdo.

El Camino de Santiago es un ejemplo magnífico de cómo el arte y el urbanismo pueden unirse en un proyecto de gran envergadura. Sin embargo, la historia del Camino está llena de personajes y acontecimientos míticos que han sido objeto de debate y controversia a lo largo de los siglos.

Valoro mucho el contenido artístico y urbanístico que supuso el Camino de Santiago, pero tengo que volver a escribir un capítulo sobre todos los míticos personajes y acontecimientos que los `dementes´ del XIX y XX nos hicieron tragar, y peor aún, superado por la historiografía de finales del XX y principios del XXI, las amebas ultras vuelven a poner sobre la mesa… y por ahí, sí que no paso.

Pongo como ejemplo para esto el descubrimiento de la tumba de Santiago, al rey Alfonso II, a su primo Ramiro I, la Batalla de Clavijo y el nuevo negocio de la llamada Iglesia Católica S.A. (y religiones en general).

En el siglo IX, el obispo Teodomiro de Iria Flavia, siguiendo otro invento años atrás del Beato de Liébana, afirmó que el apóstol Santiago había estado en Hispania en el siglo I, y que sus restos habían sido trasladados a Galicia tras su muerte en Palestina.

Según la leyenda, sobre el 813, un pastor llamado Pelayo – porque el Pelayo de Asturias hubiera estado un poco «walking dead» a esas alturas -, descubrió la tumba de Santiago y sus dos discípulos gracias a ser «cegado» por un luminoso campo de estrellas (campus stellae = Compostela).

Teodomiro, todo contento, avisa al rey asturiano, Alfonso II «El Casto», de esta maravilla de (y la casualidad) «inesperado» descubrimiento… a partir de ahí comienza a montarse el Camino de peregrinación con su iglesia, su sepulcro y su camino desde la corte de Oviedo.

La leyenda de Santiago no termina ahí, había que montar un relato épico (otro más).

Según la tradición, el apóstol Santiago apareció a lomos de un caballo blanco (¿Os acordáis de aquello de «De qué color era el caballo blanco de Santiago?», ¡Ay, qué tiempos y chascarrillos ochenteros!) en la batalla de Clavijo (844) para ayudar a las tropas cristianas de Ramiro I de Asturias a vencer a los musulmanes.

En agradecimiento por la supuesta intervención de Santiago en la batalla de Clavijo, el rey Ramiro I, según cuentan, dejó por escrito la obligación de agradecer a Santi tal ayuda.
¿Y qué mejor manera que el pueblo pagase tributos, cereales, vino, etc. al nuevo patrón de España por otra nueva intervención divina contra los infieles?

Ni cortos ni perezosos, se falsificó ese documento y a pagar todos los años, que el negocio no se sostiene del aire. ¡Es el mercado, amigos!

¡Qué lucrativo sería el Voto de Santiago que, incluso en sus peores tiempos, producía a Compostela más de dos millones de reales al año!

Llegados a este punto, habrán podido deducir que la batalla de Clavijo nunca existió y que Ramiro I jamás dejó por escrito lo del Voto de Santiago. De hecho, aunque esta historia se ha repetido varias veces durante la Edad Media, nunca se ha podido acceder al presunto documento original, ya que, según parece, se extravió en 1543.

Pero hay más: esta batalla se inventó en el siglo XII, tres siglos después, para poner en marcha esta maquinaria recaudatoria en un momento de bajos ingresos. La diócesis de Santiago ha estado viviendo de este bulo durante 800 años, ya que no fue hasta 1812, con la Constitución de Cádiz, cuando se abolió el Voto de Santiago.

¡ Menos mal que al menos nos queda el Arte puro y duro !

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