Creo recordar que mi primer contacto con la Historia fue en el Cine Reyes Católicos, un lugar emblemático de mi infancia. Allí, mi padre o mi abuelo (la memoria me falla en este punto) me llevó a ver la reposición de la película El Cid. La imagen de Charlton Heston como el héroe medieval me llamó la atención.
Poco tiempo después, tuve la oportunidad de ver a Torrebruno y Teresa Rabal en un espectáculo infantil en el Club de Mar. Recuerdo que, a pesar de ser un niño, Torrebruno no me pareció mucho más alto que yo. Pero esa es otra historia. Durante el show, se realizó un concurso y una de las preguntas fue: «¿Cómo se llamaba el caballo del Cid?».
En aquel entonces, con apenas 7 u 8 años, la vergüenza o el miedo a llamar la atención no me atenazaban. Levanté la mano, respondí correctamente «Babieca» y gané el premio. ¡Qué ironía! Años después, descubrí que la respuesta era incorrecta.
Ahora, décadas más tarde, me dispongo a escribir sobre este personaje histórico y me doy cuenta de que la mayoría de las historias que nos contaron sobre él son pura ficción.
Empecemos por el principio: Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, no nació en Vivar, sus restos no descansan en la catedral de Burgos y su muerte no fue ni de lejos tan épica como la vimos en el cine.
El Cid fue un personaje complejo y contradictorio. En su juventud, fue un fiel colaborador del futuro rey de Castilla, pero también un mercenario que no dudaba en pactar con los musulmanes si eso le convenía. Luchó tanto contra los musulmanes como a su favor, saqueó ciudades y cambió de bando según sus intereses.
Así hizo al pactar con la taifa de Zaragoza y el príncipe al-Muqtádir y hacer un ejercito musulmán-cristiano para darle ‘matarile’ al rey de Aragón Ramiro I.

Luego se fue con sus caballeros de saqueo a la taifa de Toledo cabreando al príncipe musulmán de esa taifa y por ello, el rey Alfonso VI le pega la patada por malote.
No hay problema, Rodrigo se va a servir a la taifa de Zaragoza contra la taifa de Lérida o el rey de Aragón, ancha es Castilla.
En sus últimos años, el rey Alfonso VI lo perdonó y le encomendó la misión de cobrar los impuestos a Abd al-Malik en Valencia. Allí murió el Cid en 1099 por causas naturales, sin presenciar ninguna batalla espectacular contra los almorávides.
En definitiva, la imagen del Cid que nos vendieron en el siglo XX es una idealización патриótica que poco tiene que ver con la realidad histórica. Pero bueno, al menos me queda el recuerdo de haber ganado un premio gracias a una pregunta errónea.
¿Qué hay en estos relatos medievales патриótico ?
La imagen del Cid que se difundió en el siglo XX, y que muchos conocimos en la escuela, en las películas y los espectáculos infantiles, es una construcción patriótica que responde a una determinada interpretación de la historia. Esta interpretación, sin embargo, no se corresponde necesariamente con la realidad histórica, que es mucho más compleja y matizada como ya puse de manifiesto en capítulos anteriores como Pelayo y Abderramán III o en futuros relatos como el que haré de los Reyes Católicos
Es importante tener en cuenta que las visiones patrióticas de la historia pueden ser muy útiles para crear un sentimiento de unidad nacional y movilizar a la población en torno a determinados valores (hoy en día se está al rescate de esta historia).
Sin embargo, también pueden ser peligrosas si se utilizan para ocultar aspectos negativos del pasado , justificar acciones injustas o desmontar relatos y/o personajes.
Por eso, es fundamental analizar críticamente las narrativas patrióticas y contrastarlas con otras fuentes de información para obtener una visión más completa y objetiva de la historia.












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